Charles-Edouard Bilbault
Global Equities Portfolio Manager

Los metales siempre han acompañado a las principales fases de expansión económica. Históricamente, la demanda de metales por habitante se multiplicó por 1,8 entre las décadas de 1920 y 1940, impulsada por la urbanización, y posteriormente por 2,7 entre la década de 1950 y principios de la década de 1980, bajo el efecto de la industrialización1. Hoy, está surgiendo un nuevo paradigma: la transición energética y la reconfiguración de las cadenas de valor podrían multiplicar esta demanda por 2,3 de aquí a 20502. Los metales ya no son solo recursos industriales; se están convirtiendo en pilares estratégicos de la electrificación, la digitalización y la soberanía económica, en un mundo cada vez más marcado por las tensiones comerciales, las rivalidades tecnológicas y los retos en materia de seguridad del suministro.
Ante esta aceleración de la demanda, la oferta no puede ajustarse con rapidez. El sector minero lleva varios años sufriendo una falta de inversión; los descubrimientos de nuevos yacimientos siguen siendo insuficientes, las reservas se están agotando y los plazos de desarrollo son extremadamente largos: suelen transcurrir cerca de quince años entre la exploración y la puesta en marcha de una mina. Esta brecha entre una demanda estructuralmente más fuerte y una oferta estructuralmente limitada crea, según el equipo gestor, las condiciones para un ciclo prolongado, potencialmente comparable a los grandes ciclos de materias primas observados durante las fases de urbanización, industrialización o globalización. Lo que resulta especialmente interesante es que este movimiento aún no parece estar plenamente reflejado en los precios de mercado.
R-co Strategic Metals & Mining está diseñado específicamente para ofrecer acceso a esta transformación a largo plazo, mediante la construcción de una cartera articulada en torno a dos factores complementarios. El primero se basa en los grandes productores, que ofrecen una exposición directa a la dinámica actual de los metales, con activos ya en producción, una mayor visibilidad sobre la generación de beneficios y un apalancamiento operativo ante la subida de los precios. En un contexto en el que los metales están adquiriendo un carácter estratégico, los mejores operadores globales pueden beneficiarse de una mejora de sus márgenes, una mayor disciplina en la asignación de capital y, en algunos casos, una mayor rentabilidad para los accionistas.
El segundo factor, igualmente decisivo, reside en las empresas de nueva generación: los promotores de proyectos mineros y las empresas de exploración. En un mundo en el que la oferta futura es insuficiente, las minas del mañana se convierten en activos valiosos. Las empresas capaces de descubrir, desarrollar o asegurarse recursos de calidad pueden generar un valor considerable. Un descubrimiento significativo o el avance de un proyecto hacia la producción puede dar lugar a una importante revalorización. Este segmento es, naturalmente, más arriesgado, pero permite captar una fuente de alfa difícil de obtener mediante la exposición exclusiva a productores consolidados. La cartera busca, por tanto, equilibrar la solidez relativa de compañías ya en producción con el potencial de creación de valor de los proyectos emergentes. Esta combinación parece especialmente relevante en un contexto en el que el mercado está empezando a reconocer que la próxima década no podrá abastecerse únicamente con la producción de las minas existentes.
La solidez de esta temática se apoya en la diversidad y la profundidad de los factores que impulsan la demanda. El primero es la transición energética: las energías renovables, los vehículos eléctricos, las baterías y las redes eléctricas requieren volúmenes considerables de metales. El cobre es el ejemplo más representativo, ya que resulta esencial para las redes, los vehículos eléctricos, las energías renovables y los centros de datos; además, la demanda de cobre relacionada con la transición energética podría duplicarse de aquí a 2030. El segundo factor es la inteligencia artificial y, en términos más generales, la infraestructura digital. Los centros de datos requieren cantidades cada vez mayores de electricidad, cables, componentes eléctricos y sistemas de refrigeración, y por lo tanto, de metales. En este sentido, la revolución de la IA se basa en una infraestructura física altamente intensiva en recursos.
A estas dinámicas se suman las crecientes exigencias de la soberanía industrial. La pandemia, las tensiones comerciales y los conflictos geopolíticos han recordado a los estados que el acceso a las materias primas críticas pasa a formar parte de la seguridad nacional. Una parte muy significativa del refinado mundial de ciertos metales críticos sigue concentrada en China, en algunos casos por encima del 80 %, lo que está impulsando a Estados Unidos, Europa, Canadá, Australia y Japón a garantizar unas cadenas de suministro más diversificadas y resilientes. Por último, la defensa y la reindustrialización también constituyen motores clave de la demanda: las tierras raras, el titanio, el aluminio, el cobre, el níquel o los metales especiales son esenciales para la aeronáutica, los sistemas de defensa, los sensores, los satélites y los sistemas de comunicación avanzados. Lo más relevante es que estos motores no son cíclicos en el sentido tradicional: corresponden a transformaciones a largo plazo —electrificación, digitalización, relocalización, seguridad energética y soberanía de los materiales—.
No obstante, un sector con tal potencial sigue siendo históricamente volátil, y esta volatilidad debe gestionarse con una metodología rigurosa. R-co Strategic Metals & Mining aborda este aspecto, en primer lugar, mediante la diversificación por subtemas: la cartera no se basa en una única materia prima ni en un único tipo de empresa. Combina grandes productores, promotores de proyectos, empresas dedicadas a materiales especializados y negocios vinculados al procesamiento o a las nuevas tecnologías mineras. Este enfoque permite aprovechar varias fuentes de rentabilidad: la beta3 sectorial, el alfa4 derivado de la selección de valores, las situaciones de revalorización y las oportunidades derivadas de fusiones y adquisiciones. A ello se suman una asignación dinámica —ya que no todos los metales se encuentran en la misma fase del ciclo— y un proceso de selección especialmente exigente, basado en la calidad geológica de los activos, la solidez económica de los proyectos, los costes de desarrollo, la gobernanza, la jurisdicción, las infraestructuras existentes, la capacidad de financiación y el potencial de producción.
Por último, una de las principales particularidades de este tema radica en la brecha existente entre su creciente importancia estratégica y el escaso peso que sigue teniendo en las carteras. Las empresas metalúrgicas y mineras siguen estando muy infrarrepresentadas en las principales carteras, a pesar de que condicionan el desarrollo de la inteligencia artificial, las energías renovables, los vehículos eléctricos, las redes y las infraestructuras. El ejemplo del mercado de renta variable estadounidense es especialmente revelador: el sector metalúrgico y minero representa solo una fracción limitada del S&P 500, mientras que algunas grandes acciones tecnológicas tienen un peso varias docenas de veces superior. Esta subexposición crea una interesante asimetría: por un lado, los fundamentales están mejorando; por otro, las valoraciones y las asignaciones aún no reflejan plenamente esta realidad. A menudo es en estos periodos de relativo desinterés cuando se gestan las mejores oportunidades a largo plazo.